SANTO DOMINGO.-Durante casi tres décadas, la República Dominicana ha sido presentada como uno de los casos más exitosos de crecimiento económico en América Latina y el Caribe. Los informes oficiales, organismos multilaterales y centros de análisis destacan con frecuencia el dinamismo de una economía que ha mantenido tasas de expansión superiores al promedio regional. Sobre el papel, las cifras son alentadoras; sin embargo, en la realidad cotidiana de millones de dominicanos, la percepción es muy distinta.
El verdadero desarrollo no se mide únicamente por cuánto produce una economía, sino por cuánto bienestar genera para su gente. El progreso debe sentirse en los hogares, en los barrios, en las escuelas y en las comunidades. Debe expresarse en la reducción de las desigualdades y en el fortalecimiento de la dignidad humana.
Mientras las estadísticas celebran el crecimiento, las familias enfrentan una realidad marcada por el aumento constante del costo de la vida. Los precios de los alimentos, los medicamentos, el transporte y los servicios básicos continúan presionando los presupuestos familiares. Los salarios, por su parte, avanzan a un ritmo insuficiente para compensar la pérdida del poder adquisitivo. La consecuencia es evidente: una creciente sensación de que la prosperidad anunciada no llega a los hogares.
Surge entonces una pregunta legítima: ¿De qué sirve crecer económicamente si ese crecimiento no se traduce en bienestar para la mayoría de la población? ¿Cómo explicar que un país avance en los indicadores macroeconómicos mientras amplios sectores de la sociedad sienten que retroceden en calidad de vida? La respuesta exige una reflexión profunda sobre el modelo de desarrollo que hemos construido.
Durante años se ha privilegiado la medición del crecimiento a través del Producto Interno Bruto (PIB), un indicador importante, pero insuficiente para evaluar el verdadero progreso de una nación. El crecimiento económico por sí solo no garantiza una mejor distribución de la riqueza, ni asegura oportunidades equitativas, ni fortalece automáticamente los servicios públicos esenciales.
Existe además una deuda moral y comunicacional del sector económico y de las autoridades con la ciudadanía. Los conceptos macroeconómicos suelen presentarse en términos técnicos que resultan ajenos para la mayoría de las personas. Se habla de estabilidad, de inversión extranjera, de expansión productiva y de indicadores positivos, pero pocas veces se explica de manera clara por qué esos avances no se reflejan en la mesa de las familias, en la calidad de los servicios públicos o en la capacidad de ahorro de los trabajadores.
La economía no puede seguir siendo un lenguaje exclusivo para especialistas. Debe convertirse en una herramienta de comprensión ciudadana. Cuando la población no percibe los beneficios del crecimiento, se genera desconfianza hacia las instituciones y hacia el propio sistema económico. La transparencia, la pedagogía y la empatía deben acompañar cualquier discurso sobre desarrollo.
En este contexto, resulta particularmente relevante el informe publicado este mes de junio por el Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD), que plantea una verdad fundamental: el principal desafío de los países caribeños no es únicamente crecer más, sino construir instituciones más sólidas y capaces de gestionar las vulnerabilidades estructurales que limitan el desarrollo. El informe señala obstáculos persistentes que frenan la estabilidad regional como la escasa diversificación productiva, altos niveles de endeudamiento, dificultades de financiamiento internacional y gran exposición a choques externos.
Ha llegado el momento de superar el sofisma del crecimiento sin justicia social. La República Dominicana necesita avanzar hacia un modelo de desarrollo más inclusivo, donde las cifras macroeconómicas sean un medio y no un fin en sí mismas. Porque cuando el crecimiento no mejora la vida de las personas, deja de ser desarrollo y se convierte simplemente en una estadística.
La meta nacional no debe ser solo crecer más, sino crecer mejor. Y crecer mejor significa garantizar que el progreso económico se transforme en bienestar tangible para todos los dominicanos.
Por Feliciano Lacen
Presidente del CODUE




