SANTO DOMINGO.-El 27 de febrero no es una fecha para la nostalgia. Es una fecha para la conciencia. Cada generación recibe la República en custodia y decide, con sus actos, si la fortalece o la debilita.
En 1844, nuestros fundadores comprendieron que la libertad no era un discurso sino una responsabilidad. Juan Pablo Duarte sembró una idea fundada en moral y justicia; Francisco del Rosario Sánchez la sostuvo con valentía; Ramón Matías Mella la proclamó con determinación. No actuaron desde la comodidad, sino desde el deber. No esperaron condiciones ideales. Entendieron que la patria solo sobrevive cuando sus ciudadanos asumen el costo de defenderla.
Hoy no vivimos bajo ocupación militar ni bajo ruptura institucional. Pero enfrentamos riesgos más silenciosos. La normalización del privilegio, la cultura de impunidad y la sustitución de derechos por favores erosionan lentamente la confianza pública. Y cuando la confianza se erosiona, la democracia se vacía por dentro.
La corrupción no solo desvía recursos; fractura la legitimidad del Estado. La impunidad no solo retrasa justicia; envía el mensaje de que el poder no encuentra límites. Cuando no hay consecuencias, la ley pierde autoridad y el ciudadano pierde fe. Y una República sin confianza no se derrumba de inmediato: se debilita hasta que deja de defenderse.
La libertad rara vez desaparece de golpe. Se reduce cuando aceptamos como inevitable lo que es corregible. Se erosiona cuando intercambiamos participación por comodidad. Se diluye cuando el voto se convierte en transacción y no en decisión moral. Ninguna democracia se pierde en un día; se deteriora cuando la ciudadanía renuncia a su vigilancia.
Lo vemos en el joven que trabaja sin encontrar oportunidades reales de progreso. En el pensionado que teme que su retiro no le garantice dignidad. En la madre que necesita intermediación política para acceder a servicios que deberían ser derechos. No son casos aislados. Son señales de alerta institucional.
Nuestra Constitución es clara: la soberanía reside en el pueblo. Elegir y ser elegido no es un trámite; es la expresión concreta de la dignidad política. Un Estado Social y Democrático de Derecho no vive en el papel. Vive en instituciones independientes, reglas iguales para todos y consecuencias reales para el abuso. La reforma institucional no es un deseo retórico: es una tarea posible cuando existe voluntad cívica organizada. Y hoy el desafío es liberarnos del corporativismo, del clientelismo y de los privilegios, para volver plenamente al mandato constitucional del Estado Social y Democrático de Derecho.
No se trata de confrontación estéril ni de discursos incendiarios. Se trata de formación, organización y responsabilidad. Se trata de garantizar mérito en la función pública, transparencia en la contratación, auditorías independientes y rendición de cuentas efectiva. Y eso empieza por lo verificable: publicación íntegra de contratos y anexos, auditorías con resultados públicos y consecuencias ejecutadas cuando haya abuso. La República no puede ser plataforma de privilegios; debe ser garantía de derechos.
El Foro y Frente Cívico y Social reafirma su compromiso de seguir formando ciudadanía, promoviendo veeduría social y convocando a los dominicanos a organizarse en sus comunidades. Allí comienza la defensa real de la soberanía. Allí se construye la fortaleza institucional que hace sostenible la libertad.
Cada generación enfrenta su propia prueba histórica. La nuestra no exige fusiles; exige carácter. No demanda gritos; demanda coherencia. Duarte enseñó que la política sin moral degenera. Sánchez recordó que la libertad requiere firmeza. Mella demostró que la determinación colectiva cambia el rumbo de la historia.
Las próximas decisiones nacionales reflejarán el nivel de conciencia que construyamos hoy. Si fortalecemos ciudadanía, fortaleceremos democracia. Si elevamos el estándar ético, consolidaremos institucionalidad. Si convertimos el voto en decisión moral y no en intercambio circunstancial, honraremos el sacrificio de quienes nos legaron esta nación.
La República no necesita salvadores providenciales. Necesita ciudadanos conscientes de que el poder legítimo nace en la ley y se sostiene en la participación organizada. Ningún sistema de privilegios resiste una ciudadanía madura. Ninguna práctica clientelar sobrevive cuando la conciencia se activa.
El 27 de febrero no es una ceremonia. Es un compromiso.
La historia no preguntará qué celebramos. Preguntará qué defendimos. Y preguntará si estuvimos a la altura del legado que recibimos.
Porque la República no se hereda como un objeto. Se defiende como un principio. Y los principios no se negocian.
Dr. Isaías Ramos




