REDACCIÓN.- El Día Mundial del Autismo 2026 propone una consigna clara: "#MenosJuiciosMásApoyos", poniendo el foco en la necesidad de avanzar hacia una sociedad que comprenda y acompañe la diversidad neurológica más allá de los diagnósticos y etiquetas. El lema elegido refleja el cambio de paradigma impulsado por especialistas y organizaciones, que reclaman una transformación profunda en los modos de mirar e incluir a las personas con esta condición.
Para el médico psiquiatra infanto juvenil Christian Plebst (MN 81.138), “estamos realmente en un cambio de mirada”. En diálogo con Infobae, el especialista destacó que “muchas ONGs hablan de cambiar cómo miramos, de abrir los ojos, un cambio de paradigma”, y remarcó que lo que antes ayudó —el diagnóstico temprano— ahora puede ser una barrera: “Hoy, al estar tan centrados en un diagnóstico, los diagnósticos se convierten en profecías, en pronósticos y en etiquetas o identidades que se interponen ante la mirada humana de una persona con la otra”. Plebst planteó que “todas las personas valen el 100%, la vida vale el 100%”, y llamó a revisar el modelo que asocia valor con desempeño o resultados.
La propuesta de Plebst se alinea con el lema 2026 y propone abandonar el juicio y el etiquetado como primer paso. “Estamos saliendo del juicio a la comprensión, del juicio al asombro, del juicio a mirar con atención presente y sentir lo que está pasando y conectar primero”, detalló. La clave, según el psiquiatra, radica en que “la mayoría de los niños están siendo tratados, entretenidos y cuidados porque tienen un diagnóstico, pero no estamos realmente logrando la ingeniería pedagógica que hace justicia a ese perfil de aprendizaje de ese niño, que simplemente necesita que nosotros sepamos hacer un traje a medida en cuanto a lo sensorial, lo afectivo, lo cognitivo, lo social y lo motriz”.
En ese sentido, Plebst resaltó que “no es una igualdad de oportunidades, sino una equidad de crear las condiciones para ese perfil”. El especialista sostiene que la mirada que centra el valor en el desempeño debe ser reemplazada por una que reconozca la dignidad y el derecho de cada persona a ser validada y acompañada según sus necesidades.
Este cambio de enfoque implica desplazar la atención del individuo hacia el contexto. Plebst lo explica así: “Ya las personas no tienen la discapacidad, sino que la responsabilidad la tiene el medio”. Bajo este paradigma, la diferencia ya no reside en la persona, sino en las barreras que impone el entorno. En este marco, la neurodiversidad y la neurodivergencia aparecen como conceptos centrales para comprender y valorar las distintas formas de aprendizaje y experiencia.
Plebst advirtió que “el diagnóstico invalidaba, salvo el que tenía mucha experiencia en clínica, pero lamentablemente hoy está generando mucha etiqueta rápida y tratamiento fragmentado en consultorio”. El psiquiatra propuso que la clave está en “comprender lo que esa conducta está diciendo en relación a la capacidad que tiene ese niño de autorregularse, porque está fuera de su zona de autorregulación y necesita la ayuda para volver a autorregularse”.
En este punto, la médica psiquiatra infanto juvenil Alexia Rattazzi (MN 101.875) aportó otra dimensión central al debate: el poder de las palabras y las creencias. En una entrevista con Infobae, ya había propuesto reemplazar la palabra “Trastorno” por “Condición” al referirse al espectro autista: “La palabra ‘trastorno’ parece negativa, hay que ver las diferentes realidades y empezar a comprenderlo como una neurodiversidad, como una manera de ser”.
Rattazzi subrayó que “las creencias y las palabras tienen poder. Y muchas veces las miradas condicionan necesariamente la posibilidad de realización de otras personas, especialmente cuando hablamos de niños, niñas, porque podemos generar identidad, o sea, a través de nuestras miradas o nuestras creencias, podemos sentenciar a alguien”. La psiquiatra advirtió, por ejemplo, sobre el peso de afirmaciones como “Señora, su hija nunca va a hablar”, y explicó que “esta creencia de un profesional de la salud que dice eso desde un lugar de poder, puede convertirse en una profecía autocumplida”.
En su libro Plan de vida, Rattazzi plantea la urgencia de pasar “de una mirada de lástima hacia las personas con discapacidad, de pensar ‘pobrecito/a’, a una mirada más holística, desde una perspectiva de los derechos humanos, que las dignifique, poniendo foco en sus talentos, respetando las diferencias, brindándoles los apoyos que necesitan y, por sobre todo, ayudando a eliminar las barreras de su contexto”. Según la psiquiatra, esto implica cambiar la lógica capacitista y reconocer que “toda persona tiene el derecho a todas esas cosas que nos permiten disfrutar de nuestro paso por el mundo”.
La educación ocupa un lugar central en la transformación cultural hacia la inclusión. Según explicó Rattazzi, la meta es “pasar del paradigma que llamamos educación segregada al paradigma de educación inclusiva y de calidad”. Detalló que el sistema tradicional agrupaba a los estudiantes según sus características bajo la premisa de que “las personas que tienen la misma condición aprenden de manera similar y requieren del mismo tipo de enseñanza”.
Hoy, en palabras de la especialista, se reconoce que “cada persona, sea neurotípica o neurodivergente, aprende de manera única y a su propio ritmo, guiada por sus intereses, independientemente de su ‘diagnóstico’”. Rattazzi ejemplificó con la historia de una persona señalada como “ineducable” en su infancia, que años más tarde se graduó de la universidad y se convirtió en referente internacional en inclusión.
En paralelo, Plebst sostuvo que la función de los docentes adquiere un nuevo sentido en la actualidad: “Lo ideal es que los docentes puedan tener una mirada plena y llena, que da sentido porque existís y porque estás ahí, no por lo que hacés y lo que tenés”.
El especialista remarcó que la metacognición —la capacidad de observar y comprender los propios procesos mentales y emocionales— es una herramienta clave en la formación docente y en la creación de entornos inclusivos.
Rattazzi propuso para el cierre una pregunta central: “¿Hasta cuándo se va a tener que hablar de un concepto de inclusión?” y planteó que “si desde chicos se naturaliza la (neuro) diversidad, si viven en un contexto de diversidad, los adultos no tendrían que hablar tanto del concepto de inclusión”. La convivencia con la diferencia se convierte así en un hecho cotidiano y no en una meta a alcanzar.
Plebst, en línea con esta perspectiva, sostuvo que “si los pares están acompañados, y obviamente los padres también, para que salgan de un lugar donde todos estamos en automático juzgando a las personas por lo que tienen y lo que pueden y lo que hacen y no por ser, ahí cambia todo”. El especialista remarcó que “los niños no hacen diferencias con respecto a los diagnósticos. Eso viene del mundo de los adultos”.
En el actual contexto, tanto Rattazzi como Plebst coincidieron en la urgencia de campañas de concientización, formación docente y políticas públicas que permitan que la diversidad sea respetada, comprendida y validada desde la primera infancia. El desafío es redefinir la inclusión, no como un objetivo extraordinario, sino como la base de una sociedad construida sobre el pleno reconocimiento de la diferencia.




