ESTADOS UNIDOS.- Una autopsia bien hecha, dicen los que saben, le pone voz a un muerto. En este caso hablaron cuatro cadáveres: los jóvenes estudiantes Xana Kernodle (20), su novio Ethan Chapin (20), Madison Mogen (21) y Kaylee Goncalves (21), quienes fueron asesinados por el estudiante de criminología Bryan Kohberger (28 años al momento de los crímenes) el domingo 13 de noviembre de 2022.
Acaban de revelarse al público los terribles resultados de estos estudios post mortem. Pero antes repasemos la masacre sucedida en el estado de Idaho, en los Estados Unidos.
Cuando Dylan Mortensen (21) bajó del Uber esa noche, a las 2.20 de la madrugada, nada hacía presagiar lo que estaba por suceder en un par de horas. Hacía un tiempo que vivía en esa casa gris de madera, de 280 metros cuadrados repartidos en tres plantas, muy cerca del campus de la universidad a la que concurría. Compartía el alquiler con cuatro chicas más: Xana Kernodle, Madison Mogen, Kaylee Goncalves y Bethany Funke. Esa noche también estaba durmiendo en la casa el novio de Xana, Ethan Chapin.
Dylan fue directo a su habitación ubicada en la planta al nivel de la calle (en el segundo nivel de la construcción). Quería dormir, estaba muy cansada, pero enseguida notó mucho movimiento intramuros. Miró su celular y vio que Bethany, quien dormía en el piso inferior al suyo, estaba en línea. A las cuatro de la mañana, Xana, quien ocupaba un cuarto en la misma planta que Dylan, recibió un pedido de comida por DoorDash. Puertas que se abrían y pisadas. Al rato, Dylan oyó más barullo. Creyó que era Kaylee jugando con su perro en el piso de arriba. La habitación de Kaylee estaba justo encima de la suya, en lo que sería el tercer nivel de la casa, y en el mismo piso que su íntima amiga desde la primaria Madison Mogen. Dylan se levantó molesta y abrió la puerta de su dormitorio. No vio movimientos en el pasillo y volvió a su cama. Minutos después oyó la voz de Kaylee. Entendió algo como “hay alguien aquí”. Un poco confundida, Dylan intentó conciliar el sueño. A las 4.12 Xana estaba todavía conectada a TikTok. Un poco después Dylan oyó sonidos muy extraños. Adormilada, volvió a levantarse y abrió su puerta otra vez. Escuchó voces apagadas provenientes del cuarto de Xana y Ethan. Era como un lloriqueo seguido de un ruido sordo. ¿Estarían discutiendo? Al rato, sintió una voz masculina decir: “Está bien, ahora voy a ayudarte”. Intrigada fue hasta su puerta por tercera vez y la entreabrió unos centímetros. Se quedó petrificada en su sitio. La silueta oscura, con una máscara que le cubría nariz y boca, caminaba directo hacia ella. Hubo contacto visual, pero el sujeto pasó de largo hacia la puerta corrediza de vidrio de la cocina y se escurrió hacia el exterior de la propiedad.
Dylan cerró su puerta temblando. ¿Qué pasaba? ¿A quién había visto? No sabía si estaba soñando, quizá fuera un bombero, ¿podría ser Xana vestida de negro? Colocó la traba. El reloj de su celular marcaba las 4.22 del domingo 13 de noviembre de 2022. Dylan le escribió primero a Kaylee Goncalves.
Dylan: “Kaylee, ¿qué está pasando?”.
Pasaron los minutos sin respuesta. Siguió escribiendo, pero nadie le contestaba. Vio a Bethany en línea y le envió un par de mensajes.
Dylan: “Nadie me contesta”. “Estoy realmente confundida”. “Xana está vestida toda de negro”. “Estoy enloqueciendo ahora mismo”. “Vi a alguien con una máscara de esquí”.
Bethany: “Stfu” (en inglés eso quiere decir shut the fuck up, algo así como “¡Carajo, cállate!”).
Dylan: “Es como si tuviera algo sobre su cabeza…”. “No estoy bromeando. Estoy muerta de miedo”.
Bethany: “Yo también”.
Dylan: “Mi celular está por morirse, mierda”.
Bethany: “Vení a mi habitación ya. Corré hacia abajo”.
Dylan tomó coraje y bajó la escalera hacia el cuarto de Bethany. Agotadas se quedaron dormidas. A las 10 de la mañana, Dylan despertó y miró su teléfono: ninguna de las otras chicas había respondido a sus mensajes. A las 10.23 volvió a escribirles. “¿Están levantadas? Por favor respondan”.
Silencio total. A esta altura, Dylan y Bethany ya estaban muy asustadas y decidieron llamar a Emily Alandt, una amiga de la misma fraternidad de Dylan que vivía en una residencia cercana. Le pidió que por favor fuera con amigos hasta su casa. Emily salió inmediatamente con su novio Hunter Johnson y les avisó a otros compañeros. Hunter y Emily llegaron alrededor de las 11 de la mañana de ese apacible domingo a la calle King. Hunter decidió que iría él a ver lo que pasaba. Observó la puerta de Xana apenas entreabierta y entró. Lo que vio lo dejó perplejo y en shock: “No parecía algo real”, explicó angustiado a la revista People. Todo estaba regado con sangre. Xana yacía en el suelo boca arriba; Ethan en la cama, mirando hacia la pared. Parecían tener heridas de cuchillo. Les gritó a las chicas que llamaran al 911 y que se mantuvieran fuera de la casa. Fue corriendo a la cocina y tomó un cuchillo de un cajón. Por si las dudas el agresor estuviese dentro todavía. Vio que su novia Emily pretendía subir y le dijo con firmeza: “No entres. No creo que Xana vaya a despertar”. Mientras las chicas hablaban con emergencias, él les tomó el pulso a ambos. Estaban muertos. Revisó roperos y se sentó en el living, descompuesto, a esperar a la policía que llegó minutos después. Hunter intuía que en el piso superior habría más espanto. Fueron los agentes los que subieron y encontraron los cuerpos de Kaylee y Madison.
Lo que siguió fue lo obvio: sirenas, ambulancias, paramédicos, policías brotando por todos lados, desmayos de los jóvenes y llantos desgarradores, detectives intentando orientarse dentro de una masacre impensable.
Una cinta amarilla delimitó la escena del cuádruple crimen. Y empezaron los llamados para dar las malas noticias.
A todo esto, era Dylan la única que había visto al asesino en medio de la oscuridad y a pocos centímetros: un hombre joven, flaco, alto, no muy musculoso, pero atlético, con marcadas y espesas cejas.
La casa de la calle King tenía seis habitaciones, pero una no estaba ocupada. Bethany Funke (sobreviviente) era la única estudiante que dormía en la planta inferior, ubicada por debajo de la entrada desde la calle. En el segundo nivel de la casa, a la altura de la puerta de entrada, lo hacían Xana con su novio Ethan cuando estaba de visita (ambos asesinados) y Dylan Mortensen (sobreviviente). En este piso se encontraba también la cocina por la que se podía salir al porche exterior por la puerta corrediza de vidrio. También salían de este nivel las dos escaleras que conectaban con las otras dos plantas: de un lado, la que unía el piso inferior con el de la calle y, del otro, la que llevaba al piso superior donde dormían, en sus respectivas habitaciones, las amigas y estudiantes de marketing Madison Mogen y Kaylee Goncalves (ambas asesinadas).
Lo primero que debieron hacer los detectives fue rearmar el recorrido de las víctimas la noche del sábado 12 de noviembre de 2022. Los habitantes de la casa habían salido por separado. Kaylee y Madison fueron al Corner Club entre las 22 y la 1.30 de la mañana. A la 1.40 pararon a comer algo en un food truck y retornaron en el auto de un conocido a su casa, según la cámara de un vecino, a la 1.56 de la mañana del domingo.
Xana y su novio Ethan, por su parte, fueron a una fiesta de la hermandad Sigma Chi y regresaron minutos después que las chicas a la calle King. Dylan llegó en Uber a las 2.20 y vio que Bethany estaba conectada y en línea en su celular.
Entre las 2.26 y las 2.52 hay diez llamadas de Kaylee y Madison al ex novio de la primera: Jack DuCoeur. Él no respondió, dormía profundamente. ¿Qué ocurrió para que las chicas lo llamaran con esa insistencia? ¿Estaban asustadas por algo o por alguien? No parece casual que las amigas, cada una tenía su propia habitación, aparecieran asesinadas juntas en la cama de Madison. Los investigadores creen que lo que escuchó Dylan esa noche no era Kaylee jugando con su perro sino el asesino matando a cada uno de sus amigos. La voz con la que hablaba Xana era la de ese sujeto infernal quien luego de matar frente a ella a Ethan en la cama, se abalanzó para hacer lo mismo con ella y la llenó de sablazos. ¿Sabía Kohberger a quién buscaba o era pura muerte experimental y al azar?
A las 4.25 de la mañana, según los peritos forenses, los cuatro jóvenes ya estaban muertos. ¿Qué hizo que Kohberger huyera y pasara de largo frente a Dylan? ¿La vio o iba enceguecido? ¿Sabía que había dos jóvenes más en la casa esa noche? ¿Había estudiado la escena previamente? ¿Estaba planeado?
Lo cierto es que la policía nunca halló el arma del homicida, pero sí encontraron, caída en el suelo y al lado de los cuerpos, la funda de cuero del puñal utilizado: un cuchillo Ka-Bar, un arma de combate que utilizaban los marines en la Segunda Guerra Mundial.
Estos dos datos de la funda -que resultaría contener el ADN del asesino- y el tipo de arma utilizada fueron resguardados por los agentes bajo siete llaves: eran la clave que utilizarían para encontrar al monstruo. Se cree que tanto Madison como Kaylee habrían luchado y, antes de perder la batalla por sus vidas, y en eso fue que al asesino se le cayó la funda. La prueba madre del caso.
Se mandó a analizar el ADN que se halló bajo las uñas de las víctimas y la funda del puñal. Todos los conocidos de las víctimas estaban bajo la lupa. Se revisaron miles de horas de video de cámaras de seguridad callejeras y de casas vecinas. La opinión pública presionaba aterrada: tenían un criminal peligroso suelto entre ellos. La mayoría de los alumnos, por pedido de sus familias, volvieron a sus respectivos estados, los profesores dejaron de dar clases, los restaurantes y bares cerraron por las noches.
La ciudad de Moscow estaba bajo el dominio del miedo.
Algunas pistas comenzaron a cobrar fuerza con el paso de las semanas. Un joven empleado de una estación de servicio Exxon Mobil ubicada cerca de la casa de los crímenes, entregó una cinta clave: en ella se veía pasar un auto blanco repetidas veces, entre las 3.29 y las 4.04, hacia la casa de los crímenes que estaba ubicada en un cul-de-sac. Era un Hyundai Elantra. Los especialistas analizaron el modelo y vieron que correspondía a uno que se había fabricado entre 2011 y 2016. En otra cámara descubrieron al mismo automóvil saliendo por la ruta velozmente de la ciudad de Moscow en dirección a la cercana ciudad de Pullman, en el estado vecino de Washington, a las 4.20 de la madrugada de ese 13 de noviembre. La distancia entre las dos ciudades, por la ruta 270, es de solamente catorce kilómetros, que se recorren en menos de quince minutos.
El rompecabezas tenía varias piezas, pero era difícil de armar. ¡En la zona había 22 mil autos parecidos!
No demoró en aparecer un policía que reportó, el 29 de noviembre, un Hyundai Elantra blanco modelo 2015, en Pullman: el coche estaba registrado a nombre de un tal Bryan Christopher Kohberger de 28 años, un estudiante brillante de criminología de la Universidad de Pullman, doctorado con honores y ayudante de cátedra. También supieron por un vecino que ese joven había estado, aquel domingo señalado, limpiando con guantes meticulosamente, por dentro y por fuera, su vehículo. Una conducta algo extraña.
Por su parte, los especialistas en huellas y rastros biológicos encontraron claro ADN en la funda del cuchillo. Era el dato crucial, pero tenían que tener con qué compararlo para ponerle nombre y apellido.
Se cargaron las huellas en bancos de datos genéticos buscando alguna coincidencia y utilizando la técnica de la genealogía genética. ¿Podía ser el dueño del auto, Bryan Kohberger, el mismo sujeto del ADN hallado en la escena? ¿Cómo conseguir su ADN para compararlo sin violar sus derechos ni que se percatara de que estaba siendo observado?
Decidieron intentar algo estratégico: rescatar ADN de la casa familiar de Kohberger en Pensilvania para descartar cualquier duda. Un equipo montó guardia y tomó de la basura familiar distintos elementos el 27 de diciembre. Se mandaron a analizar y ¡zas! hubo una coincidencia increíble.
El padre de familia, Michael Kohberger, era el padre biológico de esa huella hallada en la funda del puñal en la escena de los asesinatos. La certeza del dato era del 99,99 por ciento.
Dos días después, la policía informó a la prensa que un equipo Swat, conformado por fuerzas de elite norteamericanas, había detenido al sospechoso de la masacre a unos 4100 kilómetros de Moscow, en la vivienda de sus padres, en Albrightsville, Pensilvania, a donde había ido a pasar las fiestas.
Eran las tres de la mañana del viernes 30 de diciembre de 2022 cuando fue esposado delante de sus padres que miraban azorados la escena mientras se enteraban de que su hijo era el principal sospechoso de la cuádruple masacre de Moscow. El monstruo.
Bryan Kohberger nació el 21 de noviembre de 1994. Creció en Poconos con sus padres Michael (69) y Maryann (64) y sus hermanas mayores, Amanda y Melissa. El matrimonio trabajaba en el mismo colegio al que concurrió Bryan. Michael se ocupaba del mantenimiento del establecimiento. Curiosamente Maryann, hasta 2020, fue la terapeuta encargada de los chicos con necesidades especiales y con serios problemas de conducta. Todos la querían, pero está claro que, en su casa, andaba a ciegas. No la vio venir con su propio hijo. La negación es un lago donde abrevan casi todos.
Una alumna de Maryann contó que Bryan era sumamente agresivo “cuando intentaba coquetear con alguna chica. Todas teníamos una sensación rara en el estómago hacia él. Mi instinto me decía que había mala vibra y siempre intenté mantenerlo a distancia”. Le funcionó a la perfección su brújula vital.
Las chicas en general lo rechazaban porque no toleraban sus modos intensos. Bryan luchaba contra la obesidad heredada del lado paterno y sus compañeros se lo hacían notar. Comenzó a consumir heroína. Un ex compañero de colegio reconoce: “No me gusta decir que era raro, pero él no tenía habilidades sociales, no sabía hacerse amigos. La verdad es que sí, era muy extraño”.
Fue después del último verano de la secundaria que Bryan volvió extremadamente cambiado a clase: flaquísimo, entrenado y mostrándose seguro de sí. Se volvió un matón para el resto, había dejado de ser el alumno vulnerable al que le hacían bullying.
En 2017 se mostró enfocado en sus estudios universitarios y ya no consumía drogas. Para sus padres era un cambio positivo. Estudiaba a conciencia y trabajaba part time como empleado de seguridad.
En 2018 terminó de estudiar la primera parte de psicología en la Northampton Community College y se licenció en 2020 en la Universidad DeSales de Pensilvania. En junio de 2022 terminó su primer semestre de su doctorado en Justicia Criminal en la Universidad de Pullman, en el Estado de Washington, donde también trabajaba como asistente en una cátedra. Los Kohberger respiraban tranquilos, todo estaba bajo control.
Pero nada de eso era cierto. La mente de Bryan caminaba por el borde del abismo. Él no dormía y seguía teniendo problemas en sus relaciones con sus pares. Sobre todo con las chicas.
Para la Navidad de 2022 su padre decidió ir a buscarlo. No quería que su hijo manejara en soledad las 38 horas de coche que separaban Pullman de la casa familiar en Albrightsville. Voló a Pullman como un clásico padre protector y el 13 de diciembre iniciaron el trayecto en auto. Durante ese viaje fueron parados por la policía en dos ocasiones, en ambas conducía Bryan: una vez por exceso de velocidad; otra, por ir demasiado pegado al camión que iba delante de ellos.
Luego de ser detenido el 30 de diciembre, la policía decomisó el Hyundai Elantra blanco de Bryan y horas después allanó también su vivienda en Pullman. En su casa hallaron guantes, una máscara y un sombrero negros, una pistola Glock y un cuchillo. El 4 de enero de 2023 fue extraditado a Idaho y al día siguiente formalmente imputado.
Las preguntas que ametrallaban a los detectives eran muchas: ¿seguía el acusado en Instagram a Kaylee Goncalves y a Madison Mogen? ¿Las había conocido? ¿Habría sufrido algún rechazo por parte de ellas? Los investigadores estaban convencidos de que una de ellas era su principal objetivo mortal. No lo dicen abiertamente, pero trascendió que creen que la obsesión era con Kaylee. Habrían encontrado en su celular varias fotos de ella.
En un perfil de Instagram, que ya fue borrado, el supuesto Bryan Kohberger se describía a sí mismo como un “criminólogo estudiando lo absurdo de la experiencia humana. Actualmente tomándome un año para hacer una inmersión en mi campo de estudio”.
Sus padres y hermanas guardaron silencio total. Pero una ex tía política del joven contó que Bryan tenía algunas particularidades como hábitos alimenticios extraños y manías compulsivas. Respecto de la higiene, por ejemplo: “No era que fuera vegano, iba mucho más allá de eso. No comía en ningún recipiente que alguna vez hubiera contenido carne así que tenían que comprar siempre bowls y cacerolas nuevas para la comida. Tenía un comportamiento obsesivo compulsivo”.
Maryann, la madre de Bryan, siempre tuvo una postura contraria al aborto y a la pena de muerte. De hecho, cuando el 24 de mayo de 2022 en el colegio de Uvalde, Texas, un joven de 18 años mató a tiros 21 personas dejando a otras 17 heridas, ella compungida escribió una carta al medio Poconos Record. Su escrito fue publicado el 2 de junio de 2022, unos cinco meses antes de que su propio hijo se convirtiera en asesino: “Quedé shockeada esta mañana, tambaleándome por otro tiroteo escolar, me encontré debatiendo las acciones que se deben tomar para detener toda la locura. ¿Cuál es la respuesta? ¿Medidas de control de armas? ¿Intervención de Salud Mental? (…) Entonces recibí un mensaje de mi hija que trabaja como terapeuta de salud mental en Nueva Jersey. Compartió un poema que había escrito mientras estaba en lo más profundo de la desesperación. Me conmovió mucho y sentí la necesidad de compartirlo y dice así:
24 de mayo de 2022, Uvalde, Texas, de Melissa Kohberger
´Privados de sus risas
Ya no hay sonido alguno
Mientras bajamos a nuestros hijos al suelo
Manos y pies pequeños,
enterrados a dos metros de profundidad
en la tierra del mundo que les falló´.
Una paradoja perfecta: Maryann y sus dos hijas Amanda y Melissa, son terapeutas especializadas en conducta. A veces, nada alcanza, y para ver se precisan mucho más que ojos.



