REDACCIÓN.- Francia se ha despertado este domingo conmocionada e indignada al comprobar la magnitud de los destrozos habidos durante la protesta del sábado, una auténtica jornada negra de violencia y pillaje. El balance provisional es de 1.800 detenidos en todo el país, 500 policías heridos y más de 600 comercios saqueados.
La repercusión política de tal fiasco en el mantenimiento del orden público es evidente. Las críticas se dirigen al Gobierno, en concreto al ministro del Interior, Laurent Núñez, que no supo prever el alcance de los potenciales disturbios y se vio desbordado por los acontecimientos. Los alcaldes de París, Marsella y Lyon han pedido explicaciones.
Los reproches vienen desde todos los sectores. Las fuerzas políticas de izquierda, en especial La Francia Insumisa (LFI), aseguran que la policía, al menos en París, actuó de manera provocadora, lanzando gases lacrimógenos en la plaza de la República, lugar de arranque de las manifestaciones, más de una hora antes del inicio de la marcha. LFI es a su vez acusada por el centro, la derecha y la extrema derecha de minimizar sistemáticamente la violencia y de ser condescendiente hacia quienes acuden a las protestas con ánimo de provocar desórdenes.





